El río corría lento, como siempre. Estaba arreglándole algo al bote, raspando con cuidado sus maderas húmedas, que estaban frías, incluso bajo el sol. Entonces lo vi por primera vez, a ese hombre de ropaje amarillo, caminando al otro lado del río. Las hierbas acomodaban sus pasos sin dejar huella; parecía conocer bien ese tramo del río. A veces se detenía, quizá para escuchar algo: un insecto, el viento, el agua entre las piedras.
—No mires tanto —dijo mi padre, acercándose—. ¿Y si viene a robar?
Me quedé quieto un momento más. El cielo se adornaba con espuma, como una ola que acababa de romper; descansaba sobre el bosque y se escondía tras sus montañas.
El hombre se alejaba entre los árboles.
—Ya se va, papá.
Tendía la ropa y el viento hacía su trabajo, aunque a veces lo hacía demasiado brusco: un calcetín cayó al suelo y se ensució de nuevo. Se me tensaron hasta las rodillas. Siempre pasaba algo así. Lo llevé al río para lavarlo otra vez, pues no cayó en la hierba, se arrastró en el barro. Mientras lo escurría, levanté la vista, como buscando algo. Me molestó no entenderlo, pero me molestó más seguirlo buscando. Me recordó a mí padre.
—¿Qué buscas? —le pregunté mientras él ponía la casa de cabeza, invadido por la agustia.—Papá, espera, ¿que buscas?
—¿Y cómo voy a saber, si aún no lo encuentro? —respondió ofendido.
Me sacudí el recuerdo que se me había trepado y reparé en una flor amarilla que crecía justo en la orilla del río. Nunca la había visto. Era tierna, tímida. Se ocultaba entre las hierbas.
—¿Eres tú lo que buscaba? —le murmuré a la flor, pero la flor no dijo nada. Me dejó con la boca llena de palabras, atento y sin moverme, contemplando el sonido de las aguas. Pasaban al lado de la flor como si lo hubieran hecho antes.
Regresé con el calcetín bien enjuagado. El viento ya se había calmado pero aún así lo colgué con doble pinza.
La vela era gruesa y ya no estaba derecha. La llama tintineaba débil, alumbrando el brillo de las telarañas que colgaban del viejo techo de madera. Supe que mi padre también estaba despierto. Carraspeó del otro lado del cuarto y volvió a quedarse quieto. Permanecimos ahí despiertos. Nadie dijo nada. Pensé en que mi papá ya casi nunca dormía por completo. Tal vez por eso anda tan cansado.
No recordaba haberme quedado dormido. El cuarto se veía distinto: la vela era entonces un charco de cera escurrida por el buró, la cama de mi padre estaba vacía, y la puerta abierta iluminaba el cuarto con la luz que venía del resto de la casa, donde se escuchaban las ollas chocando contra la mesa.
—Andas ojeroso, mijo —dijo mi padre en el desayuno— y traes la mirada lejana.
—Vuelve sola, papá.
—No la dejes ir tan lejos. Es el bote, ¿cierto? Te trae cansado —y al ver que no respondía añadió —¿Ya lo terminaste de arreglar?
—Aún le falta. Es que al rasparle salen más cosas. La madera se abre.
—Entonces nunca acabarás.
—Mejor así.
—¿Mejor para quién?—me preguntó.
Revolví el café y miré al plato; la comida ya estaba fría.
—Para el bote.
—Para el bote… —repitió, probando las palabras.—A todos nos cansa algo, mijo —añadió apenas sonriendo—. Ya verás que se te pasa. Vamos, come antes de que se te enfríe más.
Apilaba las maderas una sobre la otra. Preparé el cerrucho y lo dejé apoyado, sin tomarlo. Algo me incomodaba en la espalda. Seguía cansado, incluso después del café y el desayuno frío. Pero no era solo eso, había algo hueco en ese cansancio, una sensación de estar sosteniendo algo que no sabía cómo soltar.
Quizá por eso surgió su recuerdo, su caminar al otro lado del río, ligero, sin peso; aunque no era muy claro porqué pensaba en él. Tampoco supe porque me hacía falta, si solo era alguien que había visto de reojo. Me acerqué a la orilla y esperé por un momento, pero nadie apareció del otro lado. Al volver la mirada noté que había más flores amarillas posando alrededor del bote. Pensé que tal vez habían crecido por la noche.
Pasadas varias semanas enroscaba los mismos tornillos, repasaba las mismas hendiduras con la lija. Algunas partes eran más suaves, otras más duras. Pensé en mi padre: sus rodillas, su piel caída.
—Se le van a entiesar las maderas a ese bote, mijo —decía él—. Escucha como crujen mis caderas, es de puro tenerlas acostadas y no usarlas.
Mi padre intentó pararse para enseñarme los sonidos de su cuerpo, pero ya no fue capaz.
—Perdón, hijo —dijo avergonzado.
—Está bien, papá.
Mi padre ya no cruzaba el patio y el sillón ya se había amoldado a su forma. Dijo que los días se le hacían muy largos, pues el sol salía y se escondía y yo seguía trabajando en el bote. Así que me pidió que fuera a la aldea a buscar juegos y cuentos para niños. Primero llegaron pocos niños, pero pronto se fueron amontonando. Se esparció el rumor entre las familias: de una pequeña casa al lado del río donde había un viejito que quería pasar sus últimos días leyendoles cuentos a los niños.
A veces cuando les leía, las letras se le aguadaban, se le cruzaban o se enredaban entre ellas.
—No se quedan quietas las palabras, mijo —me dijo una noche, confesándome su secreto—. Son bien mal portadas.
Cuando esto ocurría, mi papá se las inventaba y “mejoraba” el cuento. Nadie parecía darse cuenta, los niños escuchaban igual. La única excepción fue una vez que oí a un niño decir que su mamá ya le había leído Caperucita Roja antes, y que en ese cuento la abuela nunca engañaba a su esposo con el lobo.
Aunque estuviera cansado, mi padre nunca los echaba. Corrían alrededor de la casa, escuchan sus historias o lo interrogaban con preguntas que él no sabía cómo responder. Llegó un tiempo en donde se quedaba dormido sin aviso y los niños discutían si despertarlo o si dejarlo dormir. Después de eso, no tardo mucho en que empezaran a escasearse los niños.
—Y usted, señor, ¿por qué está tan triste? —me dijo un día el último niño tras despedirse de mi padre dormido. Se había parado enfrente de mí con sus ojos bien abiertos.
—Estoy bien, hijo. —le respondí sin pensarlo—Ya es tarde, ve a casa.
Tan pronto como salió ese último niño, se mudó el silencio de vuelta a la casa.
La tierra todavía guardaba el frío de la madrugada, pero aún así, no me cubrí ni agarré chamarra al salir. Mientras caminaba por la orilla del río, el rocío que cubría las hierbas me salpicaba las piernas y los pies; su brillo reflejaba el azul ambiguo de un cielo que no era ni de noche ni de día. Decidí que ese día no trabajaría. El bote podría esperar, pero yo ya no.
Busqué sentado a la orilla el río. Andaba pendiente a ver si decía algo, pero me respondía con viejos rumores y las mismas aguas.
Algo se movió en el paisaje del otro lado del río. Y ahí lo vi de nuevo: pintado por los azules del cielo, un hombre caminaba sereno con su habito amarillo. Las telas descansaban dignamente sobre su hombro, meciéndose suavemente ante el viento. Los suelos llenos de hierba le alfombraban el paso que no aparentaba esfuerzo. No parecía ir a ningún lado, era como si ya conociera todos los caminos. Había algo en ese hombre, algo tierno, fresco y misterioso que lo acompañaba o emanaba de él.
Dudé por un instante antes de alzar el brazo para llamar su atención. No pensé que fuera a notarlo, pero giró suavemente y me miró. No se cómo, pero estar frente a él me hacía transparente: algo faltaba en mi corazón, algo que siempre había buscado.
El hombre hizo una pequeña reverencia, y yo la repliqué. Cuando se marchó al bosque, la noche soltaba el cielo con cuidado; el sol ya había cruzado el horizonte.
Cuando regresé mi padre ya estaba despierto, sentado en su cama. Leía uno de los cuentos que solía narrarle a los niños. Las cortinas corridas dejaban entrar una luz clara por la ventana, que pintaba de naranja la mitad del rostro arrugado de mi padre y hacía que sus cabellos blancos brillaran. No parecía haber notado que ya había llegado, ni que observaba como pasaba de página.
Hacía tiempo que no estaba tan en calma. Siempre había algo: se quejaba de sus caderas crujientes, o un regaño por trabajar tanto en el bote, o a veces me preguntaba porque ya no venían los niños.
—Buen día, mijo —me saludó con una sonrisa, notando mi presencia al acercarme.
—Buenos días. ¿No tienes frío, papá?
—No, mijo. Mira, ando bien tapado.
—Bien, te traigo el desayuno.
—¿No quieres que te ayude?
—No te preocupes, tú sigue leyendo. ¿No habías leído ya ese cuento?
—Sí, pero olvidé cómo termina. Pero no importa, mientras no se me olvide cambiar de página… —dijo y cambió de página, como si al decirlo se hubiera acordado de hacerlo.
En la cocina encontré el cántaro seco. No había agua, así que salí a llenarlo al río. El aire ya era tibio y el sol de mediodía iluminaba el campo parejo. El cántaro se llenó sin resistencia con las aguas frescas y regresé a hervirlo mientras hacía el desayuno.
—¿Quieres el huevo solo o con pan? —fui a preguntarle.
No contestó. Pensé que estaba distraído, así que esperé un momento a que levantara la vista del libro.
—¿Papá?
Me acerqué unos pasos y me senté en la cama con cuidado, como si aún pudiera molestarle el sueño. La luz naranja pintaba igual su rostro tranquilo, pero en su cuerpo ya no había esfuerzo; su pecho no subía. Tomé su mano que descansaba sin apretar nada, aún tibia. Afuera el día seguía, pero yo me quedé ahí con él.
Surgían los soles y las estrellas de las montañas de un lado y se escondían en las del otro, una y otra vez, y el vacío del cuarto se hacía espeso con el polvo acumulándose. El aire atorado entre las paredes, sin tener a dónde ir, se estancaba, marchito.
El sueño se me hizo más ligero. Se me resbalaba al más leve crujido de las maderas y recordaba sus caderas. Al amanecer, un dolor atravesaba mi pecho.
Era de noche, y el sonido de los grillos criqueando se columpiaba con el de las cigarras. Estaba agotado por el peso de los días. Me senté sobre el campo con las manos sucias, contemplando como la luz de las velas y de la luna iluminaban la tierra que había recibido el cuerpo de mi padre. Observé como el hueco entre las hierbas, que muy evidente al inicio, ya empezaban a borrársele las orillas. Pensé que después de mucho tiempo aparecerían matorrales, árboles, quizá flores. Y algún día, habrá desaparecido cualquier rastro de su forma. La vida se habrá renovado, y solo el río con sus aguas infinitas recordarán nuestro paso. Los vientos llevarán nuestros secretos y se los contarán a los árboles de lugares lejanos.
Entre todo ello, la tristeza parecía tener algo dulce, algo inocente y evaneciente que la acompañaba. Había una belleza oculta y misteriosa: en su muerte, en los horizontes que se borran, en las hierbas del porvenir.
La sombra de un grillo pasó por delante de la vela, que alumbraba lento. Brincó, y se escondió en un arbusto.
«¿Quién será… ese hombre de la otra orilla?» Pasaban los días, y mientras el peso tras la muerte de mi padre se hacía más grande, con más frecuencia me descubría a mí mismo extrañando ver caminar al hombre de la otra orilla, pues hacía tiempo no aparecía. Pensaba en él con discreción, sin decirle a nadie, pues ya no había a nadie a quien decirle.
Una tela amarilla colgando del hombro, un camino ya recorrido, un respirar fresco y renovado —repasaba las imágenes y en mí solo encontraba la misma ausencia, ese algo que seguía faltando. Era como si hubiera olvidado algo, algo importante que había dejado un eco; un golpeteo sobre el tejado, una lluvia recia que me encerraba entre los aires estancados.
El río chapoteaba tranquilo bajo un día lleno de sol. Salí a buscar leña seca, ramas caídas y árboles muertos dentro del bosque. En mi camino pasé primero por la tumba de mi padre. Los verdes la habían cubierto casi por completo, dejando solo leves unas manchas de tierra que pronto desaparecerían. Después pasé de largo el bote que alguna vez reparaba, donde noté que algunas hierbas curiosas ya empezaban a trepar por sus paredes.
No tenía que ir tan profundo para buscar la leña pero algo susurraba sin ninguna voz. Muy pronto la luz desapareció. Los árboles me rodeaban por completo y por encima de sus alargados troncos las copas frondosas ocultaban el cielo. Ahí, la maleza crecía salvaje, se alzaba de los suelos para atrapar las luces; los árboles crecían con sus ramas enredadas entre sí; los aires se infusionaban con millares de sonidos de insectos y silbidos de las aves. Los caminos se ocultaban paso a paso; la vegetación se espesaba. El bosque giró y giró sobre los suelos hasta que me perdió en sus adentros. Caminé sin dirección entre sus comisuras y dobleces, tropezando de vez en cuando con ramas torcidas que se escondían bajo las hojas. En medio de aquel ensombrecido bosque, el tronco de un árbol se pintaba de luz naranja. Recordé por un instante al rostro de mi padre. Me acerqué para investigar ese fino brillo que irradiaba despreocupado, y descubrí detrás de él un claro despejado. Estaba lleno de flores amarillas y aires dulces; y aunque las copas de los árboles ocultaban la mayor parte del cielo, el sol iluminaba la espalda de las hojas, creando un techo verde que radiaba suavemente, y que a su vez, aclaraba el espacio entero. El lugar era un pequeño hueco que las sombras olvidaron llenar.
Caminé despacio, sintiendo mis pies agotados y me solté sobre una piedra en el centro del claro. Ahí sentado, rápidamente o lentamente, los minutos se mezclaron con las horas, y las horas se mezclaron con los segundos. No sé en cuál de las horas o en cuál de los segundos llegó, o si siempre había estado ahí, pero un hombre con hábito amarillo estaba sentado a mi lado.
Una mezcla de terror y asombro se me trepó por las piernas hasta cubrir todo mi cuerpo. La presencia de este hombre era imponente; un viento imparable que no viene de ningún lado y que empuja en todas las direcciones. Irradiaba un silencio fértil y poderoso que hacía soltar el aroma de las flores y las cubría de rocío; un silencio que encendía de brillo las hierbas y el techo de hojas.
Como aquella vez del otro lado del río, se giró lentamente y lo miré a los ojos.
—Nunca pensé que fuera a tenerlo tan cerca —le dije casi en voz baja—. Desde este lado… se le ve distinto.
—Eso pasa —dijo con calma—. El río engaña.
Hizo una pausa breve y añadió:
—Tú también te ves distinto desde aquí, ¿no lo sientes?
No supe qué contestar. Bajé la mirada y sentí una vergüenza leve, como si me hubieran visto por dentro. Al devolver la vista encontré mi reflejo en el espejo de sus ojos azules. El hombre me miraba con la curiosidad de un niño pequeño que está descubriendo el mundo por primera vez, y al mismo tiempo, con la amabilidad y el cuidado de un sabio que ha pasado por todas las estaciones. Sin necesidad de pronunciar una palabra más, supe que nada podía ocultarle a este hombre. Me veía realmente.
Nunca había conocido a nadie como él. Este hombre se poseía a sí mismo por completo; este hombre vivía en verdadera intimidad con el mundo, y todo su ser emanaba un encanto indescifrable que iba más allá de él.
—Hola, papá —le dije al montón de hierbas que cubrían por completo su tumba—. Se me ha aparecido aquel hombre, ¿te acuerdas? Ese que dijiste que capaz y nos venía a robar. Ya tiene unas semanas. Se me apareció entre los pliegues del bosque, allá muy en sus adentros. El río engaña, papá. Eso me dijo. Luego se esfumó en una luz, así como quien sopla una nube de polvo fino y pierde su forma. Creo que tiene razón, ¿nunca lo notaste, papá? Como el río borboteaba, repitiendo siempre la misma gárgara. Además, el aire de la casa se durmió con el calor, y casi no queda nada por respirar ahí. Por eso me voy, papá, en el bote que tanto insistías que terminara. Nunca quedó como quería, y con el abandono que le di se le hicieron las polillas. No creo que sus maderas aguanten más que el viaje de ida.
Le di unas palmadas a la tierra, como si fuera su espalda. Me estaba yendo, cuando el nudo en la garganta me regresó a decir unas cosas más:
—Hay algo allá, papá. En esa orilla de la que viene aquel hombre santo. Lamento que nunca lo hayas entendido y que yo tampoco supiera cómo explicarlo. Si te digo la verdad, yo sigo sin entenderlo del todo. Adiós, papá.
El bote se tambaleó como queriendo sacudirme de encima pero no lo dejé. Me aferré a sus desganadas maderas carcomidas por las polillas, y deshice el nudo que me ataba a la orilla. Una vez que avanzó, se aquietó el bote, como agarrándome confianza, y tomé el remo para remar, y remé. Me asomé a mirar las hebras de agua que dejaba atrás. Se resbalaban hacia el reflejo de mi viejo hogar, y chocaban contra el resto de las olas del río, que venían en dirección contraria.
No sé en qué momento se hizo tanto silencio. El susurro que traía el río se hizo lento y fino. Se adelgazaron tanto sus olas que en su superficie quedó únicamente el cielo azul; cristalino y sin ninguna nube. Nunca lo había visto así.
Y seguí remando.
por Emiliano Figueroa
Mi camino como tanatólogo se ha ido formando en distintos espacios de duelo: la consulta individual, el acompañamiento a familias y los rituales de despedida, así como en el Hospital General Dr. Eduardo Liceaga acompañamdo personas enfermas y moribundas.
Si me lo preguntas, el duelo no es un problema que debamos resolver; no se supera ni tiene un final definido. Más bien, es una experiencia que debemos vivir; un proceso que cambia como una flor. Nace debajo de la tierra oscura, en el dolor. Pero poco a poco, crece, madura, y en algún momento, florece en agradecimiento, amor y homenaje. El duelo, si se lo permitimos, nos transforma. Y para mí, es un gran honor atestiguar y acompañar esa transformación.
Cuento con certificación en Tanatología por la Tanatóloga Gaby Pérez Islas, por la Asociación de Tanatología del Estado de Morelos; y en estudios de Imtervención en Crisis por el CPI Collage.